OTROS TEXTOS

El comisario frente a la desaparición de la política cultural

Por Jorge Luis Marzo Recientemente, cenando con algunos comisarios más jóvenes que yo de Barcelona y Madrid,
me encontré envuelto por comentarios alabatorios sobre los encuentros que habían tenido con un tal Harry. Yo,
entre bromista y curioso, les pregunté si se trataba de Harry Potter. La respuesta no fue tan en broma, pues, bien
serios y sorprendidos, todos respondieron al unísono: Harald Szeeman. Después, hablaron de las cenas con un tal
Hans, como quien se refiere a su primo más cercano. Yo, ya bien intrigado, pregunté “¿el de Hans y Gretel?”.
La respuesta, ya sin asomo de ironía, fue “Hans Obrist… pero en que mundo te mueves, Jorge?”. ¿Por qué debería cenar con ellos?, inquirí. “Pues porque ellos son la política. Ellos son la política cultural”. Todo ello dio pie a que se entrara sin dilación a criticar una entrevista que le hice a Szeeman sobre su papel en la política artística llevada a cabo por los gobiernos del Partido Popular, y que el propio comisario suizo me había echado en cara por querer -según sus propias palabras- meterle en asuntos políticos que no le incumbían. En resumen, los comentarios de mis contertulios de cena fueron los siguientes: “Tienes que centrar la crítica en los contenidos de la exposición, pues exposiciones se hacen siempre y por todos los gobiernos de todos los partidos. Criticar la política cultural está bien como ejercicio político pero nosotros, los comisarios, nos debemos a los artistas, para situarlos en marcos en los que la política cultural no les afecte. Es en ese sentido, que nosotros hacemos política cultural.” También, recientemente, me encontré en otra situación peculiar que me indicó no pocas cosas sobre ciertas posiciones del comisariado actual. 2 Frente a la clausura de la Sala Montcada de Barcelona por parte de la Fundació “la Caixa” -dentro de la estrategia de la entidad por centrar todas sus actividades turísticas en CaixaForum, dar más protagonismo al área social en detrimento de la cultural y por desvincularse de la producción local en favor de las grandes exposiciones itinerantes- algunos comisarios y comisarias decidimos emprender una pequeña campaña crítica al respecto. Aparte de constatar que mucha gente considera ingénuamente que poner una firma en una carta es algo así como el summum del activismo, hubo algunos comentarios que bien merecen nuestra atención. He aquí uno de los más significativos: “Si ellos se deshacen de toda responsabilidad con el entorno productivo, entonces eso nos da un enorme papel a los comisarios, porque nos convertimos en agentes de traducción, en los interfaces del sistema. En el fondo, la nueva Sala Montcada nos puede beneficiar”. O sea; por un lado, los comisarios deben actuar de manera que protejan a los artistas de los vaivenes de la política cultural; por el otro, los comisarios deben hacer de gestores entre el mundo de los artistas y unas instituciones sin ninguna intención de entender la práctica artística como el resultado de dinámicas sociales sino simplemente como objetos y conceptos que dan el necesario valor añadido a las infrastructuras que los acojen. ¿Qué papel tenemos los comisarios en un mercado como el institucional, que se ha deshecho de toda política cultural, de toda planificación territorial, de toda responsabilidad en la educación artística? ¿Qué papel tenemos los y las comisarias cuando los sucesivos ministerios de cultura manifiestan diáfanamente que la única política cultural válida es aquella que es capaz de “reconocer los méritos de una obra y, sobre todo, los 3 contenidos de una vida entera al servicio de las artes y el saber”? ¿es la política cultural la simple otorgación de premios? ¿o la creación de mecanismos al servicio de las prácticas sociales y culturales de determinadas comunidades? Si los diseñadores se dedican a embellecer los productos del capital, a ordenarlos, a colocarlos en el disparadero comercial, a darles valores que, por defecto, van más allá del producto en sí, entonces deberíamos preguntarnos si los comisarios no son lo mismo. ¿Hasta qué punto los comisarios no somos más que diseñadores del arte, diseñadores audiovisuales, cuyos éxitos o fracasos se miden por la capacidad de dar al poder el espectáculo necesario para camuflar un hecho incontestable: que no existe institución alguna que se dedique a promover un arte que la cuestione? Esta elocuente verdad no deja bien parada la profesión, desde luego. El comisariado, desde esta perspectiva, es directo cómplice en la institucionalización de un modelo previsible de cultura. ¿A qué me refiero con el fin de la política artística?: Hoy la política cultural está al servicio de la compleja trama turística que existe en España. Se inauguran bienales de arte o se abren decenas de museos de arte contemporáneo en otras tantas ciudades, con presupuestos que hipotecan casi completamente la financiación de cualquier otro proyecto cultural en la ciudad o la región (los casos de Artium en Vitoria, el MUSAC en León, o el CAC en Málaga son recientes espejos). Esos museos no están allí para generar estructuras locales de creación, sino para convertirse en iconos de la ciudad gracias a sus arquitecturas; para acabar albergando determinadas colecciones de artistas famosos o para acoger exposiciones de corte internacional, altamente espectacularizadas y facilmente mediatizables en las rutas turísticas. La política cultural actual también responde directamente a los intereses de promoción urbanística y comercial, 4 mediante la implantación de grandes equipamientos (Barcelona es un buen botón de muestra), o la creación de marcas político-financieras que son mecánicamente actualizadas como logos identitarios (Forum). Nos referimos a políticas culturales que dan salida a las nuevas redes de negocio industrial tecnológico, o que visualizan formas de esponsorización mal trabadas. Resumiendo: las políticas culturales actuales responden al uso de la cultura como acicate y condimento para que determinados entornos económicos salgan beneficiados.
Dada esta situación de anomía institucional, el comisario debe mirar el musgo más que la seta: debe facilitar las cosas para que el tejido cultural de una comunidad pueda representarse tal y cómo ésta desea, no dependiendo ni de formulaciones culturales impuestas (como se intuyen en las políticas municipales de Barcelona) ni de las ausentes políticas culturales que han provocado en buena medida este estado de cosas (como se constata en la política cultural de estado).
Directores de museo prácticamente ausentes de los centros que dirigen y absolutamente desconocedores de las ciudades en las que éstos están.
Comisarios a sueldo o directores artísticos, que van saltando de museo en museo, de aeropuerto en aeropuerto, y que si bien contribuyen a la fluidez de movimientos de los artistas y los museos en el mercado artístico, también acaban exponiendo obras sobre aeropuertos y sobre el impacto de las teorías tayloristas en los espacios laborales, por poner ejemplos bien conocidos por todos. En definitiva, prácticas que no responden a ninguna clase de política cultural. ¿Hasta qué punto el comisario es buena parte corresponsable de esta situación?
La producción artística actual, alentada por un amplio sector del comisariado, busca casi en exclusiva, o bien, representar quimeras personales, o bien situar la imagen artística estrictamente en el ámbito del discurso institucional, puesto que sostiene, ilustradamente, que es allí dónde se legitima la cultura.
El comisariado, por el contrario, debería dedicarse a la consecución de herramientas para facilitar la producción artística, en su sentido más social.
No es de recibo que, ante la situación de la política cultural actual, los comisarios no adopten una posición verdaderamente crítica con su profesión y con las instituciones en las que se inserta. La crítica comisarial debe traducirse en la elaboración de mecanismos para que las comunidades creativas puedan disponer de las plataformas que desean, ya sean las que han creado autónomamente, ya sean las que se quiere crear para producir o promocionar sus prácticas.
El comisariado comprometido debe devenir comisariado crítico que desmantele parte o toda la estructura barroca, cortesana y formalista que ahoga las prácticas existentes o las ningunea en beneficio de las estrategias de los políticos o del mercado, y que conciben la cultura como un nuevo resorte turístico y económico o como una palanca para fijar marcas comerciales.
El comisario crítico debe, ante todo, dejar de pensar en corrientes estéticas y en adivinar cuales de ellas tienen cabida institucional, y debería centrarse en ayudar a que las prácticas y usos creativos de muchos sectores de la sociedad (incluyendo los no estrictamente artísiticos) puedan desplegar su potencial; debe favorecer la comprensión de esta situación entre los responsables institucionales; debe implicarse directamente en la defensa de los derechos laborales y representacionales de los artistas, creadores, colectivos y asociaciones; debe buscar nuevas fórmulas de financiación que conduzcan a una desinstitucionalización de los costes para que estos reviertan definitivamente en los actores productivos; debe desinstitucionalizar el contexto museístico en el que habitualmente acaban secuestradas muchas experiencias creativas; debe favorecer el experimento pero en directa relación con la experiencia existente que ha dado lugar al experimento; debe deshacer, y en profundidad, la perniciosa mentalidad formalista en la realización de exposiciones, potenciando la producción horizontal e investigadora de la muestra. El comisario crítico debe aprovechar mucho más la creación de redes (Internet) por encima del fetiche del catálogo, cuya única utilidad, a menudo, es la propaganda institucional y la justificación promocional de la misma. Un comisariado libre debe dejar de pensar que no puede morder la mano que le da de comer; por muchas razones, pero la más importante es que esa mano no es la de la institución sino la del artista. Un comisario consciente de la situación política de las artes (de su uso y de su abuso) debe tener presente que el 92% de la gente (que es el porcentaje de personas que nunca va a museos) no puede estar enteramente equivocada.
No se debe caer de ninguna forma en el populismo, pero sí infiltrarse en códigos no artísticos que están mucho más cerca de la gente: esto es; aprender a camuflarse en contextos externos a los tradicionales del arte para aportar las reflexiones.
El comisario debe transmitir conocimiento, compartir información, contactos, apoyarse en redes ya existentes, y no intentar crearlas siempre de la nada. ¿Por qué, cuando preguntamos a un artista o comisario español si da clases, casi siempre responde “afortunadamente soy del todo freelance”? En cambio, cuando le preguntas a un alemán, norteamericano o británico cómo basan el éxito de sus carreras, a menudo dicen que “dando clases en la universidad”. ¿De dónde viene este lastre genialista nuestro? ¿no será a que el artista y el comisario triunfan gracias a su divorcio con la comunidad que los vió nacer? ¿Por qué artistas como los neoexpresionistas alemanes de los años 80 –de quienes en absoluto me siento cercano ni siquiera respetuoso- siguen dando clases en sus ciudades después de haber conseguido la fama absoluta?
El artista español (y el comisario) ha desarrollado una conciencia por la cual la transmisión de información es una especie de traición, de la misma manera que los magos e ilusionistas tienen como principal anatema la revelación del truco, del secreto. Para que un artista sea reconocido en España debe situarse fuera de su comunidad: y normalmente se le considera famoso cuando ha conseguido algún éxito en el extranjero. Por ejemplo, los discursos artísticos de talante más “radical” o “comprometido” han sido promocionados a través del arte más joven, pero siempre en contextos internacionales, alejados de los elementos sociales que originalmente dieron lugar a esas reflexiones críticas.
El comisario-crítico debe fundamentar su trabajo, en esta era de la transformación de la política cultural bajo el paraguas de la economía de servicios, en la transmisión de conocimiento y en la fuerza de ver cómo ese conocimiento se transforma a su vez en otras muchas cosas, artísticas o no artísticas, ¡qué más dará!

Leire Vergara

Leire Vergara reflexionó sobre la relación entre arte y democracia y muestró sus proyectos personales, como Cork Caucus y DEA, un proyecto con Peio Aguirre

Leire Vergara

Leire Vergara

Virginia Torrente I

Un caso para el comisario de arte contemporáneo

La Revista de Occidente me ha ofrecido la ocasión de participar en este número, y no he podido resistirme a la idea de poner por escrito las ideas que siempre me rondan en la cabeza, las dudas y principios que acosan el cerebro de un comisario de exposiciones. Quiero dejar claro que no voy a explicar nada aquí, que aprovecho la oportunidad para reflexionar sobre este trabajo enaltecido y denostado al que, por circunstancias de la vida –y decisión personal, no voy a negarlo- llevo dedicados más de veinte años y como creo que no sé hacer otra cosa, a esto me dedico.

El modelo de comisario y el comisario modelo: hay muchos perfiles posibles, ninguno es el perfecto, y desde mi experiencia, habiendo pasado por unos cuantos de ellos, voy  a comentarlos, a modo de relato laboral.

Mi vida profesional comenzó en una galería nada mas terminar la carrera de historia del arte, este era mi sueño hecho realidad y se cumplía un mes de septiembre tras el consabido veraneo feliz de licenciada. La galería fue mi mayor y más importante escuela laboral, y lo que allí aprendí, no ha sido superado por todos los años posteriores de trabajo. He de explicar que me remonto a finales de los ochenta: con contrato, bien pagada, con una extrañamente magnífica relación con mi jefe y un alto poder de decisión que se me otorgó rápidamente en el trabajo diario, comencé a saber de la relación con los artistas de la manera más inmediata y fulminante posible. Desde la visita al estudio a la inauguración, pasando por la elección de las obras a exponer y el planteamiento de su presentación hasta la venta (sin olvidar nunca que estábamos en un espacio comercial, claro) todos estos pasos dieron mucho de sí para aprender de todas las parcelas en la relación con el artista, y el descubrimiento de cómo el trato humano (como en cualquier otro trabajo) marca el resultado. Efectivamente, los artistas son personas que crean obras de arte, y para producirlas, un estado nervioso, alterado o crispado, no ayuda.

Siete años me enseñaron mucho, y en lo práctico, a distribuir obras en el espacio, a saber qué mostrar y cómo hacerlo, a ser un intermediario que escucha a la parte más interesada -el artista-  y le ayuda a poder transmitirlo al público. Para mí, este es el eje de la función del comisario, y sobre esta premisa, sigo trabajando. Este es mi modelo de comisariado en la galería (ojo, como empleada de la misma con grandes privilegios).

Tras este tiempo, surgió la posibilidad de un nuevo puesto laboral en una colección privada de arte español contemporáneo, formada por una ingente y magnífica cantidad de fondos que, sin tener una sede abierta al público, almacenaba cientos de obras que comprendían todos los formatos y soportes posibles. Ahora son sin duda más de mil, pues casi lo eran cuando después de nueve años terminé de trabajar allí. El reto era magnífico: comprar con un increíble presupuesto anual, realizar estudios de investigación sobre los artistas y las piezas, tanto las existentes como dentro del abanico de obras a incorporar, justificando el por qué de su necesidad para enriquecer la colección, y plantear y mostrar partes de dichos fondos en diferentes instituciones y museos que las demandaban constantemente. Así, durante nueve años, me tocó organizar de principio a fin más de veinte exposiciones que mostraban parcialmente los fondos de esta colección, siempre con un criterio histórico que podía abarcar desde las vanguardias de principios del siglo XX hasta instalaciones de los años noventa: investigación, coordinación, registro en todos sus planos (seguros, embalajes, almacenes y transporte) y montajes, fueron las pautas donde, una vez más, aprendí la biblia del comisario a la hora de ejecutar exposiciones, acompañado de la realización de las publicaciones que justificaban las muestras. El trabajo constante durante este tiempo mano a mano con un diseñador de publicaciones y de dichas exposiciones, fue otra escuela para siempre  de cómo hacer las cosas mejor. Este es el caso del comisario que trabaja para una institución, siendo además conservador de dicha entidad. Sin ser Alison Gingeras (la flamante conservadora y jefa de exposiciones actual de la colección Pinault, para quien no la conozca), creo que fue un privilegio excepcional.

Aunque la compra de muchas de las obras para esta colección iba acompañada del trato directo con el autor para conocer más a fondo la pieza y su trabajo en general –siempre posteriormente a la adquisición, salvo que no tuviera galería o representante comercial y se hiciera de manera directa al autor- comenzaba a echar de menos una mayor relación con el artista, y voy a ser sincera, con artistas más jóvenes, y el trabajar no con obras ya existentes, sino con nueva producción. Fue en ese momento cuando se concretó uno de los varios noviazgos que esta colección tuvo. Oculta al público salvo en las presentaciones puntuales de parte de sus fondos y los cientos de préstamos para otros proyectos expositivos que se hacían anualmente, las ofertas de sede permanente fueron variadas e insistentes durante varios años seguidos, y finalmente se concretó una en una ciudad situada dos horas al norte de Madrid.

Es aquí cuando surge el momento de abandonar el barco o meterse arremangada en la sala de máquinas, y he de decir que me quedé. El proyecto, desde el principio complicado –fin de la independencia económica total que la colección tenía, porque aunque el acuerdo respetaba por supuesto la autonomía a la hora de seguir comprando, pasaba a ser dependiente de un ayuntamiento para el pago de gastos del nuevo museo, sus empleados y sus proyectos expositivos. El caramelo estaba envenado, y volviendo al plano personal, me voy a poner sentimental: la colección y todas sus obras eran para mí como una familia numerosa de la que me ocupaba con todo mi cariño –bueno, y odio hacia alguna pieza imposible. Su almacenaje, restauración -ya antes de la creación del museo, a cargo de un equipo de tres restauradores- exposición e investigación me llevaban todo el tiempo, y era un trabajo sin descanso pero feliz. Ahora surge una faceta nueva: la posibilidad de mostrar en el museo no sólo la colección, sino también exposiciones de nuevo cuño, y de artistas no sólo pertenecientes a la colección, y no sólo españoles. Magnífica perspectiva, que desde su arranque resultó muy complicada por la falta de fondos reales para realizarla. Pero antes de entrar en esto, cierro este capítulo que es el caso tres de comisariado: la presentación permanente, no ya en una exposición puntual de parte de los fondos de una colección, sino en una muestra de casi trescientas obras que ocupan la totalidad de las once salas del museo en el momento de su inauguración, preparada durante un año y acompañada de un catálogo que razonaba su sentido de ser. Un sueño de caso para el comisario que trabaja para una institución, que en este momento pasa de modelo privado a ser mixto. Un master del  universo que ninguna universidad privada puede impartir, ni pagando.

Como jefa de colección y exposiciones de este museo, y con un equipo a mi cargo que se ocupa de las labores de registro de la colección y de la coordinación de nuevos proyectos paralelos a la misma, se abren perspectivas magnificas que en la realidad se tornaron pesadillas infinitas.

De todos los proyectos expositivos, salen adelante con mil contratiempos tres: una exposición individual de Juan Ugalde que revisa diez años de su obra, y otros dos, fruto de una idea complicada pero que finalmente sí se materializa. El museo tiene un espacio excepcional, una antigua capilla, de poderosa arquitectura y que es un reto enorme para site projects,  donde ofrecer a los artistas la posibilidad de producir una pieza específica, con producción de la misma, una pequeña publicación y un fee por su trabajo. Así se hicieron los dos primeros proyectos, encargados a Isidro Blasco y Jorge Barbi, y así ha continuado –a trancas y barrancas- funcionando. Fin del capítulo cuatro, el caso del comisario dentro de la institución, pero con libertad de programar proyectos individuales específicos para un espacio del museo en el que trabaja.

La acumulación de problemas en dicho museo, que no eran ya sólo económicos, me empujan a tomar la decisión de abandonar aquel trabajo, con harto dolor de mi corazón, por la colección a la que estuve ligada tantos años –es enfermizo, todavía me pregunto a veces cómo estarán algunas de las obras, si no habrán muerto-, y dando al traste con un proyecto para el que, aún sabiendo de sus dificultades y problemas, quizás mi entusiasmo fue desmesurado, y desde luego –y lo más triste de todo- nunca compartido.

Cerradas varias etapas en mi vida, vuelvo a Madrid y me planteo por primera vez la posibilidad del caso cinco: el comisario independiente. Apertrechada en mi casa, disfruto del lujo de pensar, investigar, y planear proyectos, para los que la única dificultad consiste en: ¿a quién y dónde los presento? Como este estado duró un año de mi vida en el que sólo se llevó a cabo uno de estos proyectos, lo dejo para más adelante.

Sucedió entonces que me llamaron para trabajar en una institución que tiene sede en un magnífico palacio en el centro de Madrid, y digamos que es la embajada cultural en España del Ministerio de Asuntos Exteriores para con el continente americano. Dividida su gestión en dos grandes áreas, llamadas rimbombantemente tribuna y ateneo, la primera se dedica a atender temas como política, economía, sociedad, etc., en forma de conferencias y presentaciones y la segunda subdividida en cuatro áreas: literatura, cine, artes escénicas y artes plásticas, haciéndome cargo de esta última. Vencida mi sorpresa por esta convocatoria inesperada, anonadada por mi desconocimiento de las artes plásticas latinoamericanas, las cuales tenían preferencia obligatoria, asumo el cargo y firmo un contrato –que en realidad es el clásico de falsa autónoma, como de comisaria independiente pero con casi exclusividad- y antes de poner entusiasmarme, recibo el primer batacazo: se me comunica que no hay presupuesto ni programa ninguno, por lo que debo ponerme a las dos cosas de inmediato. En resumen muy general, he de decir que frente a los miles de impedimentos, que van desde la indiferencia por la programación a intentar meter mano constantemente, el boicoteo reiterado por parte de algunos departamentos al trabajo de promoción de jóvenes artistas y la falta de medios económicos y humanos, no sólo se llevó a cabo en dos años una programación en cuatro salas de más de veinte exposiciones al año, sino que –he de decir que tuve una jefa que apoyó mucho- quedé totalmente enganchada con muchos artistas que expuse y no he abandonado desde ese momento un sentimiento muy intenso de interés hacia las artes plásticas latinoamericanas y portuguesas. Las anécdotas deprimentes podías ser incontables, pero no quiero aburrir ni caer en el chismorreo, por lo que resumo: disfruté como una enana realizando lo que comenzó en la capilla del museo de provincias antes mencionado y aquí desarrollé para unos espacios más asépticos, llamando a artistas que en su trabajo despliegan la posibilidad de armar un proyecto donde el espacio para el que se plantea es muy importante, con pocos medios, y donde la relación comisario-artista es más que cercana, muy estrecha, y además –insisto- se paga también al artista no sólo la producción de la obra sino un sueldo por su esfuerzo previo intelectual y por su trabajo físico a la hora de montar la exposición, viajar para el proyecto, etc. Quiero poner aquí un comentario de una persona que  apenas conozco que un día me mandó un mail y que me dió una gran alegría describiendo en palabras lo que yo intentaba llevar a cabo con las exposiciones en esta institución: “…un arte más intimista en cuanto al objeto de la reflexión…que de al traste con la parafernalia y la hiperbolización que muchas veces se encuentra detrás de las producciones de arte contemporáneo…distingo una atención especial hacia propuestas que intervengan el espacio y le den un tratamiento específico en función de una idea concreta…el arte como proceso…la mirada particular del artista en torno a la realidad, a veces de manera insospechada.”

Así esto duró dos años, agotadores pero felices, y terminó el día que un cambio de directiva, largamente aplazada, llegó y me comunicó que prescindían de mi trabajo sin justificación de ningún tipo. Mi tristeza fue mayor al quedar pendientes exposiciones programadas, sin recibir como respuesta a mis protestas siquiera un razonamiento de cara al artista de por qué no se iban a realizar, sin papeles –como siempre- que facilitaran una posible reclamación legal por su parte… Fin del sueño del caso del comisario free-lance pero como si fuera fijo para una institución.

La trampa para el artista o el comisario, y a veces también para la obra, es el contexto en el que se presenta, cuando hablamos de una estructura complicada como es la institución. Creo que esto una convicción compartida. También es un lugar común. Pero hay algo dentro de esta trampa que también lo hace atractivo. La pregunta que nos hacemos es: cuál es la posición y el lugar del comisario que trabaja dentro de la estructura de la institución o desde fuera. ¿Cómo puede uno superar los obstáculos institucionales? ¿Existen estrategias que permitan al comisario independiente colaborar a gusto con esa estructura? ¿Y si un comisario independiente incluso pasa a ser director de una institución? ¿Cómo pueden los artistas circunnavegar las ataduras de una estructura institucional? ¿Es labor del comisario ayudarles? ¿Y qué pasa con los nuevos conceptos y modelos de instituciones, anti-instituciones o casi-instituciones? ¿Están planteando nuevas maneras de trabajar?  Todas estas preguntas rebotan en las cabezas de quienes nos ocupamos en este oficio.

Y entonces retomamos, ahora sí, el caso del comisario independiente. Sin tener ya una edad para ser denominada joven comisaria, me veo –por fin- liberada de cualquier institución,  para las que he desarrollado una relación que se puede brevemente definir como de amor-odio, y vuelvo a mi casa a plantearme proyectos para presentar por libre. Ahora sí, ya conozco muchas instituciones, cómo trabajan, cómo se relacionan unas con otras, y el bloqueo es grande a la hora de dónde y cómo presentar proyectos, pero cuando crees en  lo que estás haciendo, pues nada te detiene. Mi entusiasmo me lleva a preparar un proyecto –ya hemos llegado al año pasado- que comprende el trabajo de veinte artistas, españoles y extranjeros, con algunas piezas seleccionadas existentes y otras para las que hace falta producción, y resulta que hay una institución en Galicia que se interesa y además encuentra coproducción para la muestra con otro centro de Andalucía. Otro subidón de alegría laboral, tanto personal como para la mayoría de los artistas participantes en la muestra, que vienen invitados a la inauguración y un ejemplo para mí de un excelente trabajo de coordinación y publicación por parte de los impulsores de la exposición. Parece que todo el monte va a ser orégano, habiendo sido éste el caso del comisario independiente con proyecto de tesis en forma de exposición colectiva, que además se presenta en dos centros de arte contemporáneo.

Posteriormente me encargan un nuevo proyecto, que acepto con dudas y con el que finalmente me lo he pasado en grande y que se ha clausurado recientemente en un nuevo centro institucional situado en la periferia madrileña: comisariado por encargo para un comisario independiente, seleccionado obra de colecciones públicas y privadas.

Para no alargar mucho más, sólo quiero comentar un nuevo caso, el último en el que tengo experiencia: el comisariado conjunto, que para mí se llama Doméstico, y que es un proyecto independiente que funciona cuando se conjuntan dos circunstancias que son: que sus cinco comisarios tienen una idea que quieren llevar a cabo y que reúnen ayudas económicas públicas y privadas suficientes para realizarla. Doméstico es como una terapia para todos sus componentes, que vivimos de otras fuentes de ingresos y realizamos este proyecto por gusto personal –que no quiere decir sin esfuerzo-. El comisariado conjunto es lo más creativo a lo que se puede llegar en este oficio tan individualista –extraordinariamente es justificable la presencia de más de un comisario, cuando muchas veces no se quiere justificar ni siquiera la de uno- y realmente ser tantos, es la excepción. Raramente nos pegamos y siendo cinco, siempre podemos ejercer la democracia pura y dura: tres contra dos, ganan. He de confesar que las reuniones de Doméstico son impagables, a cambio de que con este proyecto nadie ganamos un duro. Voy  a citar aquí las declaraciones de un colectivo artístico compuesto de dos personas, Aaztelek, que en una entrevista reciente, describen su trabajo como Doméstico puede describir el suyo, de una manera clara y simple. Ante la pregunta: “¿Qué les facilita a ustedes trabajar como colectivo?” contestan: “Ante todo, diversión. Entre dos, las cosas son más ligeras, logras unos objetivos en menos tiempo, se discuten más las ideas, y aunque ponerse de acuerdo siempre supone un esfuerzo, la ilusión de compartir con otro tus dudas resulta más gratificante al final del día. Te das cuenta de que vives discutiendo sobre tus ideas, y esa parte también la aprovechas para trabajar. Estar en constante diálogo es parte fundamental de nuestra historia”. Pues eso es.

Ahora, por seguir soñando, me encantaría poder hacer exposiciones individuales de unos cuantos artistas españoles y extranjeros, artistas que trabajan para el espacio específico en formato de dibujo expandido e instalación, y me estoy encontrando con la respuesta de que esos proyectos “no necesitan de un comisario” (para mi sorpresa, lo he escuchado ya varias veces). Vuelvo a la idea original de que, entre los miles de modelos posibles, y a los que muchas veces nos acoplamos los comisarios de exposiciones, para mí es fundamental la idea del comisario como gestor que está ahí para ayudar al artista, tanto en el plano teórico como en el material de presentar la exposición; que su papel como intermediario para la institución donde el artista realiza la obra es muy importante, y existiendo los coordinadores por parte de la institución y los asistentes del artista, el papel de un agente supervisor del trabajo de todos ellos sigue siendo fundamental. Que el artista necesita al comisario, no hay duda, aunque hay artistas que lo rechazan. Pero que la institución lo niegue, esto ya no tiene posibilidad ninguna de defenderse.

En España no existe ninguna institución con un cuerpo de comisarios como la Tate Modern de Londres, donde el número de curators fijos en plantilla -70 era la cifra el año pasado- efectivamente comisarían, sin que a ninguno se le caigan los anillos por, de paso, ocuparse de la coordinación de los proyectos expositivos que están a su cargo. El modelo de comisario independiente con un gran peso académico y teórico, pero escasos conocimientos del modo de transformarlo en una exposición, con un contacto borroso con el artista, que presenta un proyecto a una institución, y que dicho proyecto se coordina desde dentro de dicha institución, por personal contratado temporalmente que tiene un calendario que cumplir apretado y saca adelante lo que le caiga, es el caso clásico que nos encontramos muchas veces, y sin nombrarlo, pues sí, me estoy refiriendo a ese museo, nuestro gran buque insignia del arte contemporáneo español, donde no se forman comisarios ni con la fuerza del trabajo diario, ni con los cambios sucesivos de directores cuando tanto público como expertos claman no bajar más peldaños de lo que podía haber sido y todavía no es. Tengo un amigo que insiste constantemente: “desengáñate, este museo nunca será para nosotros” y a modo de tertulia de rebotica, me he negado a aceptar esto durante mucho tiempo, pero ya casi me resigno, creo que es cierto.

Citamos a Jerome Sans, en unas declaraciones de cuando era director del Palais de Tokio junto con Nicolas Burriaud, en el año 2005: “Los últimos 10 años han demostrado que hay una necesidad importante de reinventar la institución artística como respuesta a los cambios en la forma en que trabajaban los artistas…hay que devolver los espacios a los artistas. Son ellos quienes tienen que habitar estos lugares. Hay una necesidad de transformar los cubos blancos a una escala más humana, devolver el alma, la experiencia y el riesgo a las instituciones artísticas…hacer que funcionen como un laboratorio, una plataforma abierta a las experiencias, un espacio para las culturas emergentes. Reinventar el concepto clásico de la institución que uno encuentra y tener una herramienta flexible, reactiva. Conservar su dinamismo, su libertad y el concepto de laboratorio (…) Trabajar con los artistas es un desafío, abre tu mente, te cuestiona los valores, reinventa tus posiciones y crea un panorama diario más excepcional. En nuestro mundo contemporáneo, a menudo hemos olvidado la importancia de la cultura y sus protagonistas. Deberíamos oír más sus voces”.

Y una vez más, tiene que ser un artista quien nos lea la cartilla. Sergio Prego (en una entrevista hace cuatro años) dice: “Separar el desarrollo y apoyo de las artes de los avatares de la política y de los políticos que cambian de un día para otro y pueden, gran parte de las veces por ignorancia, desinterés o tráfico de influencias, destruir las estructuras que se han tardado mucho tiempo en construir. Mucho más importante que las cantidades de dinero que se emplean, es cómo se apoya, y la constancia. Encontrar una forma de que el dinero público llegue con el mínimo gasto burocrático posible. Lo más importante es crear redes de intercambio y debate”.

Efectivamente, lo que falta: intercambios de información, estudios, residencias, encuentros internacionales…no hablo de artistas, hablo de comisarios, cuya formación es amateur y a golpe de trabajo para los que llevamos un montón de años y para los jóvenes, en forma de master de pago de más que dudosa enseñanza. ¿Para cuándo unos encuentros periódicos donde se analicen los modelos diferentes, desde el comisario estrella, el experto en bienales, el especializado en la obra de un artista, el independiente, el comisario por encargo, el terrorista que trabaja sólo o en una cédula, el comisario-crítico de arte, el comisario de galería…?  Hay mucho que hablar, porque cuando uno se hace la pregunta: ¿Qué debe de estudiar un comisario? es como la otra: ¿Qué debe de aprender un artista?

Andrew Renton, director del programa de comisariado del Goldsmiths College-University of London: “¿Es posible desarrollar un discurso sobre comisariado? Hay infinidad de libros que se ocupan de la museología, que investigan las teorías acerca de la visualidad, que estudian las diferentes concepciones expositivas. Y sin embargo, no abundan las exploraciones rigurosas del comisariado como disciplina, algo que podría deberse quizás a lo escurridizo de su naturaleza ya que, en el momento de escribir sobre ello, establecemos, aunque no sea esa nuestra intención, una limitación formal. Creo que el lenguaje evoluciona constantemente a causa del flujo en el que nos encontramos en relación al comisariado. Yo no creo que haya que leer un texto determinado sobre nuestra actividad: hay que leer de todo (…) Lo que es verdaderamente elemental es comenzar a hablar con un artista sobre lo que hace. Es algo emocional, no importa lo teóricos que queramos ser sobre ello”.

Comisario independiente = comisario en paro es una frase de Pablo Helguera que entra en la antología del comisariado, como entra su libro titulado Manual de estilo del arte contemporáneo (Tumbona Ediciones, 2005, México) que es de obligada lectura para todos los que trabajamos en el arte contemporáneo. Reir por no llorar es una frase fácil de decir en este gremio, pero disfrutar con nuestro trabajo también es una gran verdad, aunque ni con la boca pequeña algunos se atrevan a decirlo.

Creo que Chus Martínez, en una conferencia suya impartida varias veces, titulada alegremente Tan serio como el placer, resume una opinión común del comisariado contemporáneo: “Un comisario es un agente cultural que trabaja para que las artes visuales creen un espacio público de reflexión sobre cuestiones contemporáneas. Las cuestiones contemporáneas que interesan a la comisaria (en su momento, desde Rekalde, Bilbao): la economía de medios, la resultante de las fuerzas poder-contrapoder, qué discursos desea impulsar, cómo estructurar las exposiciones para que el resultado no sea un desfile de obras. La práctica curatorial siempre depende de instituciones y contextos específicos, de la red cultural, de las interelaciones. Investigar lo acontecido en lo contemporáneo, fortalecer redes de colectivos que se interesan por los mismos asuntos”.

Cuando hay artistas comisarios, comisarios artistas, coleccionistas comisarios, gestores comisarios y mil otras combinaciones posibles, creo que hay que intentar mantener un poco el orden dentro de esta permeabilidad global que es positiva pero peligrosa por la pérdida de papeles que genera. Cada comisario debe de crear su lugar de resistencia, donde se encuentre cómodo trabajando, con un criterio que ha de ser personal y profesional, y conceptos como local, global, glocal, internacional, mundial, o subterráneo, son secundarios. Y uno de los peligros que acecha al comisario contemporáneo es el de convertirse en ojeador buscando por el mundo periférico al artista promesa para convertirlo en estrella. El arte no es la NBA, aunque cada vez se parece más.

Agente cultural: me parece una buena descripción de lo que un comisario debe ser. Un agente que se ocupe de presentar la obra de arte con una cierta percepción de que está haciendo un trabajo relevante para el artista, para el público y para él mismo. De crear una conexión entre elementos tan dispares como son la estética, la percepción, la comprensión. Sin pensar en el mercado nunca. Pensando siempre en la exposición que le ocupa en ese momento. Hacer que el lugar de exposición sea un altavoz para el artista y la obra presentada. Estar listos y dispuestos a trabajar como agentes libres, que sin estar ligados a una institución concreta –hablo de los comisarios independientes-, crean redes de información y trabajo con ellas, disponibles para ser contratados y recibir ofertas como lo están los artistas, asociados con aquellos cuya obra sea motivo de estudio e interés común. Motivación y claridad de ideas sobre el tipo de arte y los artistas que quieren defender, y saber hacerlo a tres bandas: frente a uno mismo, con el artista, y para el público. Ser consciente de la responsabilidad de este trabajo, porque una toma de posición como comisario es un asunto muy serio. En tiempos como los actuales, cuando arte y cultura funcionan con una extrema y frágil dependencia de la economía y la política, que son polos opuestos de la libertad de creación, hay que saber lidiar con estas alianzas, desastrosas por definición, darle la vuelta al asunto y disfrutar de las estrategias posibles para la construcción de la exposición, dejando todo el terreno libre para la creatividad del artista. Caso del comisario como estratega y gestor listo para todo.

He leído esto ayer y me gusta para cerrar este artículo: “Hemos querido dar la vuelta al tópico de que los artistas tienen que emerger. Consideramos que son los gestores artísticos, públicos y privados, quienes se tienen que sumergir para descubrir la nueva creación”.  Iñaki Larrimbe. Y por tercera y última vez en este texto, nos lo tiene que decir un artista y agitador cultural.

Virginia Torrente

Virginia Torrente II

Comisariar en tiempos de crisis

Tiempos de crisis en el arte contemporáneo NO son los actuales de la crisis económica

Tiempos de crisis para los comisarios son:

-la falta de directriz ética, estética y artística de las instituciones, porque ya no sabes a quien presentar tus proyectos, a quien le puedan interesar.

-el resaltar el “éxito” en prensa y contabilizar visitantes sobre la línea de programación de la institución, debido a la presión política que sufren museos y centros de exposiciones.

-La crisis, a veces –muchas veces- es de ideas, de conceptos y de saber exponerlos. Es, también, que no genere un debate.

-Creo que el presupuesto no es casi nunca el problema, se pueden hacer expos con mucho o  poco dinero y estar, como comisario, muy orgulloso del resultado. El comisario puede hacer expos en su casa, en su dormitorio.

Ahora, los comisarios que están dentro de la institución, tienen los presupuestos –mayores o menores- y un programa que realizar en el tiempo. Estos comisarios, aún con recortes económicos, sufren la crisis de otra manera, y es la de la presión política.

Pero los comisarios muchas veces son agentes externos, y no está en su mano el promover los cambios, realizar todos los proyectos que quisieran, trazar la línea de la institución.

La crisis golpea a los comisarios independientes porque no representan a una institución, y se vuelven anónimos.

Porque la crisis también es la falta de espacios donde exponer, donde poder hacer proyectos. La crisis es presentar 10 proyectos a 10 instituciones y que no te contesten de ninguna. Y que ya no quieras mandar más proyectos porque fuera de esas 10 instituciones, las demás no te interesan por su falta de rigor.

La crisis es crear una asociación de buenas prácticas cuyo fin es ponerse a la defensiva a la hora de elegir nuevo director de una institución y que no se defienda en cambio que dicha institución trabaje bien, que tenga comisarios contratados y coordinadores a sueldo en plantilla, una línea de programación, etc… que es lo que hay que defender.

El comisario independiente vive permanentemente en la crisis. La crisis, en parte, es culpa de los comisarios. Porque si lo que hay no nos gusta, tendremos que hacer por cambiarlo.

Apenas veo la diferencia en comisariar en tiempos de crisis a comisariar en tiempos boyantes.

Jens Hofmann, director del Wattis Institute for Contemporary Arts, San Francisco:

“A diferencia de mucha otra gente que me dice que los comisarios tenemos mucho poder porque podemos dar a conocer a un artista, etc… yo nunca he pensado en la idea de los comisarios como gente con poder. Cada vez veo más cómo fundaciones privadas y colecciones piensan que se pueden manejar perfectamente sin comisarios y quizás ese es el futuro en muchos niveles. Una cosa a tener en cuenta siempre es que la mayoría de la gente ni siquiera sabe qué hacemos los comisarios, cuál es nuestro trabajo, es un poco un concepto absurdo, diferente al de ser artista, escritor o coleccionista, términos que todo el mundo comprende de inmediato.”

Quizás la crisis sea esto, que la gente no sabe a qué se dedica un comisario de exposiciones. Y la crisis es que se prescinda de su trabajo, y se hagan exposiciones directamente con los artistas desde la institución, o que programen exposiciones empresas de producción y comunicación, saltándose el trabajo del comisario, que sería la dirección artística, porque parece que es prescindible, que sobra, que sólo es un sueldo más a ahorrarse.

En tiempos de crisis o no, un comisario jamás debe dejar de estudiar, idear, pensar, visitar estudios de artistas, estar al tanto de lo que sucede en las instituciones, y siempre, mantener el contacto con el resto de los colegas: ver, pensar, escribir y debatir para poder producir, exponer e interpretar.

Doméstico y Pilot: 2 modelos autogestionados contra la crisis.

Posibles soluciones:

- modelo intermedio de contrato a un comisario por parte de una institución durante 1-2 años para desarrollar un programa de exposiciones de una cierta coherencia temporal.

- miradas externas para una colección con la contratación de comisarios independientes que la contextualicen a su manera.

Virginia Torrente

Virginia Torrente III

El comisario y los públicos – Para qué, para quién?

En un pasado ejemplar de El Cultural, en una conversación a tres bandas entre los directores del Prado, el Thyssen y el Reina Sofía, obviamente, entre otros temas, se hablaba del público. Y a Manolo Borja se le escapaba la palabra consumidor…sí es cierto que el público que acude a su museo es consumidor, porque pagan entrada, y a veces compran catálogos, postales  y objetos conmemorativos de la exposición. Zugaza le preguntaba que porqué llamaba al público consumidor, pero en este momento de la conversación no hubo respuesta, se pasó a  tratar otro tema. Quedaron muchas preguntas en el aire, y Zugaza se interrogaba porqué la gente acude al Prado, que él mismo no tenía la respuesta.

Ahora quiero hablar de Johannes Cladders, comisario y director durante muchos años (del 67 al 85) del museo estatal de Mönchengaldbach, donde mostró en 1967 la primera retrospectiva de Beuys. Cladders, amigo de Harald Szeemann, es una gran figura del comisariado del siglo pasado, no tan reconocido como este último porque se centró en el trabajo en su museo de una pequeña ciudad de Alemania. Estamos hablando de los años 60 y Cladders dice que el nunca hizo ningún tipo de concesiones al público en cuanto a gustos en las exposiciones que programaba en el museo. Esta opinión es radical viniendo de un director de museo, ya que el artista en primer lugar, el comisario en segundo,  pueden no pensar en el público, pero la institución…sí debe hacerlo?

Hasta qué punto tiene el comisario responsabilidad en la difusión de sus proyectos

El comisario debe volcar sus esfuerzos en la creación de un proyecto expositivo. Por supuesto, cuanto más aceptado sea ese proyecto, en el sentido de comprensible por parte del público, más querido será, y cuanto más críptico, o poco interesante, menos repercusión tendrá, esta es la teoría básica y elemental.

Ahora me gustaría hablar un segundo de la difusión de un proyecto no en cuanto a cantidad de público, sino a su difusión en los medios. Aquí hemos de distinguir entre un proyecto independiente y otro supeditado a una institución/museo.  La exposición dentro de la institución tiene sus canales habituales de difusión en el departamento de prensa del museo, creo que el comisario está exento de la difusión del mismo. Su responsabilidad es en cambio total si el proyecto es independiente, es decir, si el se lo guisa y se lo come, más le vale hacer algo por su difusión. Este segundo compromiso a la vez que requiere más trabajo (o no, el que uno le quiera dedicar), da mayor libertad, porque es todo responsabilidad de uno mismo, Es el caso de Doméstico.

La frustración proviene de cuando uno trabaja para una institución y cree que la difusión de su proyecto no ha sido la suficiente y de ahí su falta de repercusión. Este caso es habitual y duele al ego del comisario, que ve acercarse la fecha de fin de la expo y que no ha salido en ningún sitio…caso habitual donde de mezcla la alegría de haber realizado el proyecto y verlo corto de difusión…en donde se equipara el comisario al artista, que casi siempre –salvo caso de gran éxito- sufre este síndrome.

Qué importancia tiene el público

El público tiene TODA la importancia del mundo para un proyecto expositivo, dado que –en teoría- se hace para que lo disfrute.

Como dice Richard Serra, “mi fuerza procede de la ansiedad”, entendida por mí como “las ganas de hacer algo que te lleve a un punto de tensión interesante para uno mismo lo primero, como reto intelectual y estético propio, si no, estás muerto, sin olvidar nunca que este ha de serlo también para todos los demás participantes en el proyecto expositivo: artista(s), público, e institución implicada, si la hay en el proyecto. Si el proyecto es independiente en su financiación y lugar de exposición, no tenemos responsabilidad con institución alguna, claro. La responsabilidad –y el placer- es todo nuestro como comisarios, gestores y productores.

Isidoro Valcárcel Medina “Y dónde ocurren las cosas que interesan al arte? Se han fijado unos lugares en los que se supone que ocurren las cosas, es una formulación social, pero en esos lugares no es donde ocurren las cosas, porque sólo faltaría que los lugares oficiales consintieran que allí pasaran cosas realmente importantes, revolucionarias, inquietantes. No, por supuesto. Entonces tienen que ocurrir en otros sitios, en sitios a los que la gente no tiene ni por qué tener acceso ni siquiera información, las cosas ocurren por ahí, recónditamente”.

Desde luego el debate aquí no es museos gratuitos para todo el público, y no creo que una institución deba forzar al máximo su capacidad para atraer a TODOS los públicos, entonces se convierte en una empresa con una campaña de márketing que quiere extender su producto haciéndolo atractivo para aumentar así su clientela.

Cuántos tipos de público existen

Frase antológica de Richard Serra en su reciente visita a España: “si dejáramos al público elegir, las exposiciones serían todas de Walt Disney”. Una vez dicha esta burrada, la realidad es que, gracias a todo, existen públicos infinitos, variables, maleables, intransigentes y generosos, acomodaticios, selectivos….muchos muchos…me interesan todos los públicos!

Creo que igual que hay mil tipos de público, hay mil tipos de expos…hay tantos públicos como gustos: Gustos, colecciones y cintas de vídeo, en el CA2M de Móstoles. Esta exposición fue pensada desde el lugar del público, pensando en un gusto variado, en todos los públicos…

Cuando trabajo en una exposición como comisaria, no estoy nunca pensando en un tipo de público, ni en todos los tipos diferentes de públicos, sino en que a mí me guste el proyecto, pero junto a este pensamiento egoísta, me pongo como espectadora, y obviamente quiero que me guste y trato de pensar que el proyecto no es para mí, sino para un púbico x, que yo no controlo, que irá a ver la exposición por muy diferentes motivos y  casuísticas variadas: que vive cerca, que le interesa todo lo que hace el centro donde ocurre la exposición, que le interesa el artista o los artistas de la exposición, y que mis amigos también serán público y me contarán los aciertos o errores que hayan encontrado en la exposición…

Mark Dion, un artista que respeto enormemente por su trabajo, por el acercamiento que hace a la obra de arte y como la resuelve, y que también ha sido comisario de unas cuantas exposiciones en las que la base de las mismas eran museos existentes, da su opinión sobre el público: “La gente entra en el museo con su propia agenda. Los visitantes de museos no son descerebrados desprovistos de ideología. Muchos de ellos mantienen un sano exceptismo a la narrativa institucional.”

Por qué va el público a un museo? ¿Vamos a ver lo que esperamos, a sorprendernos, a criticar, con la idea de aprender?

Mark Dion continúa: “Estoy interesado en la tensión entre la posición del museo como lugar de educación y como lugar de entretenimiento”. “La proliferación de tiendas de regalos, restaurantes, programas de entretenimiento y de difusión pública, son testimonio de la redirección para ser un lugar más popular. Pero lo preocupante en este giro es que, el museo, al volverse más “educacional” en su esfuerzo de ser un lugar más popular, se ha convertido en un sitio más tonto. El museo parece así convertir a su audiencia en un público más joven, más infantil.”

¿Para ganar audiencias estamos infantilizando el mensaje, el contenido?

Me gusta esta cita de Charles Esche, actual director del museo de Eindhoven,  : “el capitalismo requiere de la estupidez para generar mayor consumo. La falta de pensamiento crítico genera mayor beneficio”  por cierto que proviene de una entrevista que le hizo hace tiempo Leire Vergara, aquí presente.

Formación de nuevos públicos, deber del comisario

Lo creo más bien deber de la institución, que traza una línea con la teoría que la sustenta –si ésta existe- y la demuestra con las exposiciones que enseña, y que además y normalmente, tiene un departamento didáctico para ello…

Da un poco de miedo lo de formación de nuevos públicos: si el comisario a veces es acusado de manipular el discurso del artista, terror da el concepto de formar a un público, como un ejército de adeptos a unos ciertos conceptos estéticos… insisto que es, en todo caso, debe de ser de la institución la encargada de formar nuevos públicos, pero con muchos matices: no es formar a un público, es crearlo, lo primero, hacer que exista, y que tenga unos criterios….esto es público, que decida lo que quiere ver y lo que no…

Dominique Gonzalez-Foerster : Establecer una conexión inmediata con un lugar es difícil…Los que trabajamos en los medios plásticos tenemos la suerte de tener una libertad total y unos espectadores que pueden circular. El cine, el teatro u otros géneros cuentan con espectadores más pasivos. Sí, el arte es más intenso como experiencia que como imagen. Es espacio, es tiempo. Pienso en las exposiciones en lugares abiertos como lugares en los que suceden cosas, donde la gente se encuentra.

Como jefa de colección y exposiciones del Museo Patio Herreriano en sus comienzos, establecimos una visita guiada al mes a los almacenes del museo, donde se guardaban casi mil obras además de las casi 300 expuestas al público. Varias veces hice esa visita y realmente disfruté contando mi trabajo con todas aquellas obras, que la gente desconoce, la investigación, catalogación y las áreas del registro de una colección (embalajes, transportes, seguros y el propio almacenaje de las mismas) y te dabas cuenta como la gente se sentía privilegiada de poder acceder a un área oculta, y te dabas cuenta también de que lo que les contabas les estaba quedando en la cabeza, porque es un tema nuevo para ellos, porque era la otra parte del museo. Y que les hacía ver que hay gente implicada en el camino de una obra de arte, que no sólo es la historia de la pieza colgada en una pared, ni sólo el trabajo del artista, sino el trabajo de mucha otra gente detrás.

Y ahora me doy cuenta, escribiendo esto, que si el público supiera a qué se dedica un comisario de arte, entonces sí, entonces creo que es también deber del comisario formar nuevos públicos.

¿Debe ser la divulgación una asignatura pendiente especialmente en el caso español?

No debe sino que lo es, desgraciadamente, pero no veo este asunto como de los más graves, que para mí se tocaron ayer en la mesa redonda sobre comisariar en tiempos de crisis…quiero pensar en la idea inocente que un buen proyecto tiene asegurada su propia divulgación, sea a un público minoritario o mayor…sí veo que con respecto a la pregunta en concreto, nos falta absolutamente la divulgación internacional, pero esto es con respecto a museos e instituciones, a artistas, y por supuesto, a comisarios. Estamos aislados hace mucho tiempo, desde los ochentas cuando España era algo exótico en el panorama europeo, vinieron algunos comisarios extranjeros, eligieron artistas españoles, no hubo continuidad, no se aprovechó nunca esa oportunidad, y ahora estamos out totalmente.

Otro es que la asistencia a los lugares donde se producen las exposiciones muchas veces no depende en absoluto de éstas: en el cine hay espectadores que se programan para ir a ver una película que les interesa y otros que van a ver qué les interesa de lo que ponen en el multicine, creo que el público de los museos  es equivalente a esto en el sentido de que los extranjeros van por deber al reina Sofía y de paso salen habiendo visto una exposición de Julio González, otra de Juan Muñoz y otra de Eulalia Valldosera, cuando iban para ver el Guernica, o ven el Guernica y se van… incluso los hay que acuden porque les han dicho que la cafetería está muy bien, o la librería o la tienda de regalos, difíciles lugares de evitar, siempre tentadores a la entrada de los centros de arte…

Incluso en Doméstico, ha visto como mucha gente pregunta que dónde se compran las bebidas o que si se dan gratis, cuando nunca se han vendido y excepcionalmente se han dado gratis de parte de un sponsor que hemos conseguido para un evento puntual…

Volviendo a Johannes Cladders: “las instituciones se ha desconectado de los artistas. Su interés son ellas mismas y sus patrones. La institución confirma así su propia identidad como institución, y el número de visitantes es cada vez un dato de mayor importancia. Qué es todo esto? La calidad de un trabajo no puede ser medida por la cantidad de público que visita una institución” Esto, dicho en los años sesenta…y estamos en las mismas…

El museo conoce a su público, hace estudios sobre quién viene a ver la exposiciones, suma visitantes y da cifras, y debe pensar, con o sin estos datos, a quién se quiere dirigir, y su trabajo es la difusión de las exposiciones… mi opinión es que generar un público crítico es mil veces más interesante que trabajar para todos los públicos, pero esto es una opinión personal como comisaria independiente.

Casi para cerrar, quiero citar a unos artistas que hablan también de este tema, de la difusión de su obra, y que siempre han defendido llegar a grandes públicos, cuanto más, mejor, son Gilbert & George: “Todo el mundo tiene que promover su trabajo, pero en el mundo del arte, parece como que no debes hacerlo. Si a la gente le gusta tu exposición y vienen a verla, es como si tuvieras suerte o algo así. Pero no estamos de acuerdo con esto. Es parte de la exposición. Tienes que hacer que la gente vaya a verla”. Y añaden: “siempre hemos dicho que la gente tiene que volver a su casa después de ver una exposición siendo diferentes”. Esta fe y esta inocencia son reales y necesarias, y parecen parámetros perdidos hoy día, entre números de visitantes en aumento que ahora es lo que cuenta…

El domingo pasado, en un periódico nacional, y en una noticia referente a la crisis que afecta en estos momentos al centro José Guerrero de Granada, su directora decía: “La gente no suele visitar los museos de sus ciudades. Es un fenómeno muy estudiado” (??) y luego añade “Trabajamos en el museo como si fuese un espacio de de enseñanza (??). Granada es una ciudad muy universitaria”. Para mí, esto significa tirar la tohalla por un lado, y por otro, hacer de un museo una cosa que no es.

Para terminar, confieso que no sé nada de públicos. Pero sí sé que, el público, en una exposición, es tan importante como la exposición, porque sin público, la exposición no es nada.

Otros públicos:

-Doméstico en la radio, 90.000 audientes los sábados a las doce de la noche en directo en Radio3.

-El público que visita exposiciones en la web.

-El público nómada, experto y profesional de los grandes eventos: ferias y bienales.

-Un nuevo público activo en las exposiciones donde se demanda su interactuación con las piezas.

Según evoluciona el modelo expositivo, se van sumando nuevos tipos de público…

Virginia Torrente

Javier Marroquí y David Arlandis

Resumen de la conferencia que presentaron Javier Marroquí y David Arlandis

La conferencia en las jornadas Producir, exponer, interpretar que tuvo lugar en el MUSAC el día 23 de mayo dentro de la mesa propuesta bajo el título Alternativas a la exposición, nuevos formatos, distintas directrices, estuvo organizada en dos partes: la primera de ellas, introdujo una serie de proyectos culturales de distinta naturaleza. La segunda, sirvió para extraer conclusiones de los proyectos seleccionados.

Dichos proyectos se presentaron a través de una batería de imágenes, dando tan sólo información básica sobre cada uno de ellos. La intención era que la propia selección de los proyectos y su presentación en conjunto sugiriera ciertas ideas y relaciones a los asistentes a la conferencia, de modo similar al que lo hace una exposición de obras de arte.

Los proyectos seleccionados para formar parte de este “juego” fueron: One way ticket, exposición colectiva sobre la muerte en el siglo XX, comisariada por Joan Ramón Escrivá para el IVAM; The real thing: Arte contemporáneo de China, co-producida entre la Tate Modern de Liverpool y el mismo IVAM y comisariada por Simon Groom, Karen Smith y Xu Zhen; En route, exposición comisariada por Adam Carr y ubicada en el tren transiberiano durante su ruta de Moscú a Beijing; Toasting Agecy, empresa curatorial fundada por Alexis Vaillant y Eva Svennung, especializada en celebrar exposiciones en lugares poco habituales; Continuous project altered daily, retrospectiva del artista Jonathan Monk producida por el ICA londinense; John Cage, exposición en el EACC de Castellón sobre el artista centrada en la representación de sus piezas musicales; Test site, instalación de Carsten Holler en la sala de turbinas de la Tate Modern de Londres; Cine infinito, proyecto comisariado por nosotros junto con la artista Virginia Villaplana para La Gallera, Valencia; East Art Map, trabajo para la reconstrucción de la historia del arte reciente de Europa del Este por el colectivo IRWIN; VVork (www.vvork.com), proyecto de blog comisariado de manera colectiva e independiente por Aleksandra Domanovic, Oliver Laric, Christoph Priglinger y Georg Schnitzer; EVR e-flux video rental proyecto de videoteca itinerante iniciado por Antón Vidokle y Julieta Aranda; Unbuilt Roads, edición, a manos de Hans Ulrich Obrist, de un libro que recoge hasta 157 proyectos no realizados de artistas actuales; Fabrications, serie editorial de la casa Book Works en la que se trabaja con comisarios y artistas como directores o creadores de los números; Strategic Questions, trabajo curatorial de Gavin Wade en el que se propone responder a las 40 cuestiones estratégicas de Buckminster Fuller en 40 ediciones diferentes; Esto no es una exposición, proyecto pedagógico llevado a cabo por Carles Guerra para el centro Huarte; Creative Mapping otra propuesta pedagógica del INIVA londinense que enseña a los niños y adolescentes a trabajar con estrategias de mapeo; y Radical Education, proyecto sobre la educación radical llevado a cabo independientemente por Bojana Piskur.

En la segunda parte de nuestra intervención, pasamos a explicar el porqué de esta selección. Agrupamos los ejemplos en tres grupos diferentes: El primero de ellos respondía al modelo de exposición clásica y coincidía con los dos primeros ejemplos del IVAM. Esto nos servía para enumerar una serie de problemas inherentes a este formato de exposición (limitaciones espacio-tiempo, modelo contemplativo, sistema vertical de roles, desfase entre el formato y la producción artística actual, escasa interacción y versatilidad, limitación al material artístico, sacralización del arte…).

Un segundo grupo de proyectos estaba reunido por suponer alternativas al modelo de exposición clásica. Muchos de los problemas que analizábamos e identificábamos como propios del formato clásico, son cuestiones que están siendo contestadas por muchos comisarios que trabajan en esa línea de trasgresión del formato clásico de exposición. Los proyectos que englobábamos en este grupo son los que van, en la lista, desde En route hasta Cine infinito. Se trata de proyectos expositivos propiamente dichos. Sus responsables varían las reglas del juego en un sentido u otro, pero no suponen una alternativa a la exposición en sí. Podríamos decir que las variaciones más comunes son: la salida del museo o espacio expositivo, la alteración del espacio expositivo sin salir de él, la variación del tiempo propio de la exposición y la desacralización del “cubo blanco”. Pero nos parece que estas son estrategias del todo insuficientes si lo que buscamos es alterar en lo profundo y no en lo superficial el modelo clásico de exposiciones. Para ello consideramos que lo que se ha de atacar es la verticalidad del sistema de relaciones de poder propio de la exposición y, en el mismo nivel, el cambio del modelo contemplativo por otro modelo más en conexión con la práctica artística y el pensamiento contemporáneo. Modelo que será por el que apostamos al final de nuestra conferencia.

En el tercer grupo señalábamos un tipo de iniciativas mucho menos frecuente. Estas propuestas intentan ser alternativas a la propia exposición. Tienen distinta formalización y, en la mayoría, el hecho expositivo queda relegado a un segundo plano, llegándose incluso a prescindir del espacio expositivo físico o incluso totalmente de la exposición. Estos proyectos son los que, en nuestra lista, van desde East Art Map hasta el final de la misma. Estos ejemplos responden a alternativas como blogs, proyectos editoriales comisariados, workshops o dispositivos que funcionan como centros de recursos, por mencionar algunos. Con estas propuestas se consigue superar algunos de los problemas del modelo clásico como los condicionantes espacio-temporales, romper las reglas del sistema vertical, buscar una mayor interactividad con los públicos o pedirles una actitud participativa, no limitarse  a la inclusión de contenidos estrictamente artísticos, fomentar distintas formas de trabajo con el artista más allá de la utilización de sus obras y, en general, liberarse de las restricciones que suponen un modelo ya cerrado de trabajo.

A modo de conclusión, primero hicimos un trabajo de análisis de qué significa la “crisis del modelo expositivo” y defendimos que la exposición no tiene por qué ser sustituida, sino que ha de ser modificada de una manera correcta. Finalmente, abogamos por un modelo de trabajo concreto que podríamos calificar como el modelo investigativo opuesto al modelo contemplativo. Y resumimos algunos de los puntos más importantes de este modelo, como pueden ser:

Arte como herramienta para reflexionar y actuar críticamente – Artista como investigador – Exposición como dispositivo de producción de conocimiento – Espectador como participante – Proyecto en proceso, no proyecto cerrado – Descentralización de la exposición dentro del proyecto – Papel prioritario a la producción y no a la exhibición – Trabajo en red – Articulación de lo global con lo local – Multidisciplinariedad.

Antes de terminar, aclaramos que, en nuestra opinión, no estamos ante una serie de opuestos que entran en conflicto. Pensamos que todos los modelos expositivos han de convivir necesariamente ya que a cada producción artística y cultural le conviene uno u otro modelo.  Es siempre éste el que ha de adaptarse a la producción cultural, no al contrario. Por ello, es necesario que no pensemos en el modelo a priori, éste se habrá de diseñar según la realidad artística y cultural a la que nos enfrentemos como profesionales.

Más información de Javier Marroquí y David Arlandis aquí